Verano del '48
Emiliano Martínez Arriba · Pozuelo de Alarcón · Mayo 2006
Relatos · Historias de Santamarca
¡Por fin terminó el curso! Los últimos días de Junio se habían desarrollado de manera frenética: exámenes, velada de entregas de premios a los/las mejores en las diferentes materias, con la asistencia de las autoridades de la Fundación con su Presidente a la cabeza, el Excmo. Sr. D. Leopoldo Eijo Garay, Obispo de Madrid-Alcalá y Patriarca de las Indias Occidentales; y finalmente, desbandada de algunos para pasar unos días con sus familias. Pero no os figuréis que esto último era causa de tristeza o de pesadumbre para los que nos quedábamos a pasar el verano en Santamarca, ¡de eso nada! ¿Os podéis imaginar, ahora, en nuestros días, viviendo con tus padres durante el verano en una urbanización con piscina y zonas de juego, saliendo los fines de semana a la sierra o a otros lugares en el campo, y, finalmente, yéndose en el mes de Agosto a pasar unos días a la playa o a la montaña? Pues de todo eso disfrutábamos los huérfanos/as de Santamarca en los años 40. No nos faltaban, a pesar de ser huérfanos, sobre todo la madre, ya que a falta de una disponíamos de varias que se afanaban por rodearnos con todo su cariño. Fijaos como será, que yo que a los tres años era huérfano de madre, a mis sesenta y siete años tengo aun dos madres a las que visito de forma habitual y que se acuerdan de aquel niño a quien ayudaban a vestirse y a rezar sus oraciones.
Lo primero para el recuerdo fue la excursión de fin de curso. A primera hora de la mañana teníamos esperando en la puerta principal de la calle Marcenado un autocar para llevarnos a la sierra, destino ¡la Boca del Asno! Muchos años después este fue el destino preferido para un día de sierra por muchos madrileños, pero lo cierto es que en el año 48 muy pocas personas habían oído y, por supuesto, no habían estado en tan maravilloso paraje. El día de sierra fue excepcional: baños en el río, juegos entre los árboles, comida sobre la hierba. Aunque no tengo la certidumbre de que fuera en la excursión de este año, sí me viene al recuerdo, que, estábamos pasando el día en La Boca del Asno cuando nos sorprendió un galopar de caballo entre los árboles, y curiosos nos acercamos a cotillear. Nuestra sorpresa fue que estaban rodando una película y el que realizaba las galopadas entre los árboles era ni más ni menos que el mismísimo Alan Ladd. Luego supimos que la película que estaban rodando era El Caballero Negro
En aquel verano del 48, como ya había pasado en veranos anteriores, los que nos quedamos fuimos trasladados del dormitorio de la primera planta al dormitorio de la azotea, donde corría mas el aire fresco en las calurosas noches de Madrid. También se montó con borriquetas, tableros y bancos corridos, el comedor de verano en la tejavana del patio. La piscina de la huerta se llenó de agua limpia para los baños diarios, y se establecieron rigurosos turnos por separado eso sí, para los chicos por la mañana, y para las chicas por la tarde, con la rigurosa prohibición de asomarse, durante los baños del sexo contrario, a ninguna de las ventanas que dan a la huerta. El uniforme a utilizar para el baño era el bañador completo con camiseta de tirantes, también para los chicos aun de corta edad. Y a nosotros ¡qué nos importaban todas esas cortapisas y prohibiciones! Nos lo pasábamos de cine durante el rato del baño diario. Allí aprendí a nadar con cinco o seis años, ya que saber nadar era la forma de evitar que los mayores te propinaran aguadillas, que te hacían llorar hasta la extenuación.
Recuerdo la hora de la siesta como uno de los momentos duros del verano. ¿A qué niño le gusta estarse durante una hora en la mitad del día quieto y en silencio, en la cama sin ganas de dormir? Algunos aprovechábamos los rayitos de luz que entraban por las rendijas de las ventanas mal encajadas para leer algún libro que habíamos conseguido de la fabulosa biblioteca infantil que el colegio poseía.
Y entre juegos, baños, comidas, siestas y algunos ratos de rezo en la capilla fue pasando el mes de Julio. Y cuando se acercaba Agosto, la noticia: ¡los chicos nos vamos durante el mes de Agosto a Ávila! Y el día uno de Agosto se montaron todos los bártulos en un camión y nosotros en un autocar y a la ciudad de Santa Teresa. Allí fuimos a parar a un colegio que las Hijas de la Caridad tenían extramuros y que estaba por completo a nuestra disposición con todas sus instalaciones de dormitorios, comedores, cocinas y demás servicios. ¡Un mes de fábula! Todas las mañanas de paseo a: las rocas de San Roque, a recorrer el Adaja, llegando hasta los 4 postes, al santuario de la Virgen de Sonsoles. La obligada visita a las iglesias de la ciudad la fuimos realizando paulatinamente durante todo el mes: Santo Tomas, San Vicente, La Encarnación, Santa Teresa, La Catedral a ver al Tostao. Y todo esto disfrutando de los aires de una ciudad como Ávila en el año 48, en que los taxis eran de cuatro patas y los coches que pasaban por la calle en una hora se podían contar con los dedos de las manos.
El último día de Agosto volvimos a Santamarca, y los últimos días del verano siguieron pasando dulcemente para nuestra hermosa familia colegial.