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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Un orgullo conocerte

Miguel Manzano · S.Sebastián de los Reyes · Diciembre 2007

Relatos · Pensamientos

Mantengo tan fresco en mi cabeza, como si hubiera sido hace unos días, aquel caluroso 23 de Agosto del año 2002, creo que debido a la difícil combinación surgida entre el caudal de sentimientos que experimente y la tristeza que me sometía ante el drama que, equivocadamente, presagiaba. Recuerdo que entramos en la habitación en la que te encontrabas ingresado, rodeado de los tuyos, en el hospital Monteprincipe, bajo la agonizante incertidumbre de en que estado, tanto anímico como físico te encontrarías y, guiado por mi ignorancia, con unas expectativas bastante negativas, quizás las que contiene implícitas la palabra "metástasis".

Al acceder al interior de la habitación te encontrabas un tanto incorporado en la cama y esbozaste una sonrisa al contemplarnos, haciendo gala del estupendo anfitrión que siempre eres. Entonces un agonizante bloqueo surgió en mi interior, no encontraba palabras que entregarte, ni gestos, me encontraba sin alternativas, totalmente indefenso ante tan desbordante situación que yo mismo me había creado... se había bloqueado la fluidez y complicidad que tu sola presencia siempre despertaban en mí. Con el paso del tiempo comprendí que, a mí al menos, me habías acostumbrado a un clima distendido, de buen humor, bromas y conversaciones agradables y simpáticas aún siendo el trasfondo temas serios, que no era capaz de revertir esa circunstancia, pese a la difícil situación en la que te encontrabas. Así reduje el saludo a una sonrisa ajustada, reprimida, y con una sencilla caricia en el hombro sumado a un nimio ¿Cómo estás? decidí aplastarme en un sofá de la habitación dispuesto a no volver a articular palabra. Quería bromear, pero no encontraba el momento... no, es que no era el momento, quería darte un abrazo, pero podría sugerir despedida y no era lo que pretendía, además de la molestia física que pudiera causarte, pero creo, que lo que más deseaba era hablar claro, porque no era una visita de cortesía, sino de verdad, de cariño, de preocupación, de amistad; no era para hablar de vanalidades sino para escucharte como te encontrabas, que pensabas, tus expectativas, las de los médicos..., incluso sintiéndome en una situación familiar más cercana de la que realmente me correspondía, hablando abiertamente, sin tapujos, como creo que a tí te gusta tratar las cuestiones de carácter solemne, lo que es serio de verdad.

Desde aquel difícil día, no has dejado de ser un ejemplo para mí. Una y otra vez, siempre que he tenido el gusto de volver a verte en eventos familiares no has dejado de sorprenderme... bueno no, de sorprenderme no, de ratificar lo que ya tenía claro en cuanto a tu valor y a tu valía. No has dejado de aparcar tus problemas, no has dejado de obviar tu lucha para acercarte a las dificultades de los que te rodean o de los que te importan. Salgo de tu casa, que la conviertes en mi casa, veo a menudo tu página, e incluso en algún cuatro de enero hablo por teléfono contigo y siempre me dejas la misma sensación de "este tío es de verdad, de los que vale la pena conocer, por su carácter, inteligencia y generosidad. Con la intención de volver vernos pronto".

Cuando hace años adquirí cierto sentido de la responsabilidad, no me he cansado de repetir que "no hay que buscar problemas que la vida en sí ya te ofrece demasiados", pues tú eres la esencia de la vida y por más altos que sean los baches más alto te elevas para pelearlos y superarlos.

Dice Isabel Allende que cuando sientes que la mano de la muerte se posa sobre el hombro, la vida se ve iluminada de otra manera y descubres en ti mismo cosas maravillosas que apenas sospechabas. Pues percibo que esos sentimientos han aflorado en tí, que estos cinco años y medio, que se suponen horribles, los has adaptado inteligentemente para convertirlos en un aprendizaje, en un reencuentro e incluso has desarrollado un sexto sentido solo al alcance de los más virtuosos, para experimentar una nueva vida desde el interior de su propia vida. Y ese crédito de cinco años y medio es consecuencia de tu enorme fuerza, pero recuerda que la fuerza solo se puede alcanzar mediante el amor, el que tú has recibido consecuencia del que tú has repartido.

Eres como el jinete de rodeos, que ha de montar al más brutal y bravo de los toros salvajes a sabiendas de que su caída o retirada supondría el fin, domina a la bestia con firmeza, con alegría, sin apartar el más provechoso aprendizaje paralelo a la feroz lucha, con inusual destreza, para cuando consigue tener a su merced al monstruo, escuchando a su corazón y su alma, sintiendo que ha llegado el momento, que ha cumplido su propio compromiso, y con extraordinaria elegancia descabalga a su hasta ahora enemigo otorgándole las caricias del que se siente vencedor sin olvidar la parte de mérito que el propio animal involuntariamente ha aportado a su triunfo.

Solo recordarte que ha sido un inmenso placer, ha sido un auténtico lujo conocerte, escucharte, leerte y abrazarte, que siempre estarás presente en mi corazón. Que has sabido vivir por encima de la vida y has sabido morir por encima de la muerte. Y que muchas gracias porque nos has impregnado de felicidad, de protección y de cariño. Repito que para mí, es un orgullo... y seguro que has encontrado tu tierra prometida.

PD: Nunca cumpliré años solo, nunca cumplirás años solo.

"Yo dormía, dormía; de un sueño profundo he despertado: el mundo es profundo, más profundo de lo que pensaba el día. Profundo es su dolor, pero el placer es más profundo que el sufrimiento del corazón. El dolor dice ¡pasa! Pero todo el placer quiere eternidad, profunda eternidad".
Nietzsche en Así hablaba Zaratustra