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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Mi primera Comunión

Emiliano Martínez Arriba · Julio 2005

Relatos · Historias de Santamarca

La Iglesia, en los años en que vivimos, y considerando las dificultades que los verdaderos cristianos tienen en una sociedad cada vez mas materialista, ha tomado la sabia decisión de no dar acceso a los niños al Sacramento de la Eucaristía hasta que no han superado un ciclo de catequesis que los deje suficientemente preparados para conocer que es lo que supone recibir a Cristo en el Sacramento. Esto supone que los niños, en la actualidad, acceden a su primera comunión con nueve o diez años. Sin embargo, la sociedad, en que estamos inmersos, se encarga de convertir este hito tan importante en la vida de un cristiano en un fastuoso acto social, en el que parece, que, lo más importante, es el convite y las galas con que se adornan los niños y niñas, que el Sacramento que reciben por primera vez y que completa su vida de cristianos.

En aquellos años cuarenta, y considerando que la sociedad estaba más impregnada del espíritu cristiano, y sobre todo nosotros, los niños y niñas de Santamarca, que vivíamos en un ambiente en que se respiraba continuamente el amor de Cristo y de nuestra Madre María, era habitual que la primera comunión se recibiera con siete años y en algunos casos con seis. Cuando yo me preparé para la Primera Comunión fue entre los seis y los siete años, así que se marcó como el día grande el 2 de Junio de 1946.

El sistema educativo de entonces era muy diferente del de ahora. Estudiábamos en un solo libro, llamado enciclopedia, la más famosa era la de Luis Vives, en donde se incluían en diferentes apartados todas las materias consideradas necesarias para nuestra preparación para acceder posteriormente al examen de ingreso al Bachillerato. Estudiábamos: Lengua, Aritmética y Geometría, Geografía, Historia, Ciencias Naturales, Historia Sagrada; todo ello se complementaba con muchas lecturas, como Cien Figuras Españolas, y sobre todo el Catecismo. Nosotros teníamos como texto el Catecismo del P. Ripalda, también era muy conocido y usado, pero no en nuestro colegio el Catecismo del P. Astete. Aunque según la pedagogía moderna los niños no deben aprender a leer hasta los seis años, en mis tiempos era habitual que un niño de cuatro años leyera de corrido, esto suponía que a los siete años éramos capaces de solucionar multiplicaciones y divisiones de muchas cifras y en la mayoría de los casos solucionábamos raíces cuadradas de diez y mas cifras sin ninguna dificultad. Por descontado, que conocíamos los ríos, cabos, montañas y golfos, sobre todo de la geografía española, al dedillo, y podíamos recitar de seguido sin equivocación la lista de los reyes godos. Cuando últimamente he visto alguna película referida a la enseñanza de la época, no he sido capaz de identificarla, al menos con la enseñanza que recibíamos en Santamarca. Toda la actividad escolar y colegial era gestionada, manejada y aplicada por las Hijas de la Caridad que estaban al cargo de los dos grandes grupos de internos, chicas y chicos, y el devenir de todo el Colegio/Fundación/Asilo funcionaba como una gran familia.

Como decía, fue designado como día de nuestra Primera Comunión el día 2 de Junio de 1946. Ese día íbamos a recibir por primera vez al Señor unos veinte niños y cerca de cuarenta niñas. Amaneció un día soleado de fines de primavera, y ya desde primeras horas de la mañana se advertía el ajetreo que acompaña a las grandes celebraciones. Para mí el día empezó torcido. Yo tenía guardado mi traje de Primera Comunión, chaqueta azul con botones dorados y pantalón gris perla, en mi armario numero 3, desde el día anterior, en el ropero que estaba situado en la primera planta, en la habitación que hace esquina en la torre derecha, al fondo, pegando a la piscina y a la huerta. Cuando llegó el momento de vestirse, Sor Rosario se encargó de ayudarme a descolgar el traje de la percha y vestirme adecuadamente, pero no sé porqué extraña circunstancia fue muy difícil, al final imposible, encontrar la manera de liberar el pantalón largo que estaba preparado en la percha, y dada el escaso tiempo de que disponíamos para integrarme debidamente arreglado en el grupo, Sor Rosario decidió optar por una solución rápida pero desgraciada para mí, buscó unos pantalones grises cortos de nuestro uniforme de fiestas y abandonó la percha y el tozudo pantalón largo que se negaba a destrabarse. Es así como, en lugar de ir con un pantalón largo, ilusión de todos los niños, hice mi Primera Comunión con pantalón corto. Pero eso eran minucias que, de ninguna manera, iban a enfriar mi entusiasmo en el día más grande de mi corta existencia.

La capilla de Santamarca relucía como un ascua, el retablo dorado, barroco, brillaba en toda su grandeza. En este retablo había algunas variaciones respecto a lo que podemos contemplar ahora; en lo alto, donde ahora están los dos Ángeles, flanqueando a la Madre del Amor Hermoso, estaban, a su derecha, San José con el Niño a pie, y, a su izquierda, San Vicente de Paúl con roquete y estola, a los pies de ambos había unos candelabros de siete brazos. En el centro del retablo, inmediatamente debajo de la Virgen, estaba San Carlos Borromeo, donde ahora esta el crucifijo, y los ángeles que ahora bordean a la Virgen estaban a los lados del altar, que entonces, antes del Concilio Vaticano II, estaba pegado al retablo, y la liturgia se celebraba con el sacerdote de espaldas a los fieles, ¡ah!, y en latín. Los valiosos cuadros que adornan la parte superior, de Lucas Jordan creo que son, estaban ya allí hace sesenta años. De la limpieza y mantenimiento de todo lo referente a la Capilla y al culto se encargaba Sor Pilar, una andaluza salerosa, o. por lo menos, así la recuerdo yo, que era toda actividad y orden. El responsable jerárquico de todo lo referente a la actividad eclesial en Santamarca era Don Ricardo Urbano, capellán de Santamarca.

Se celebró la misa cantada, amenizada por el coro de las chicas, para eso eran las mayores, y además tenían algunas voces dignas de pasar a mayores empresas. Entre ellas me viene a la memoria una joven que se llamaba Angelita Bustos, una soprano, a la que, en una velada de las muchas que se celebraban en Santamarca con ocasión de las muchas efemérides a celebrar, oí cantar algunos solos de zarzuela, y que, en mi corto entender no tenia nada que envidiar a otras grandes figuras del bel canto. Después de la misa tuvimos el gran ágape, y a continuación los nuevos comulgantes fuimos llevados a la escalera principal de la entrada para hacernos las fotos de recuerdo. Estábamos ya todos los muchachos colocados entre risas y bromas, y el fotógrafo inició su labor de pesquisa de direcciones de familiares para saber donde podía enviar y cobrar las fotos en cada uno de los casos. Cuando llegó a mí, y le dije que yo no tenía ninguna dirección de familiar y que no había ningún familiar que hubiera asistido al evento, el fotógrafo, sin violencia, pero firmemente me acompañó fuera del grupo y me indicó que me mantuviera fuera del mismo mientras se grababan las placas conmemorativas del día. Así que me quedé sin foto que recordara y mostrara a la posteridad mi apariencia en el día de mi Primera Comunión. Lo cierto es que no me importó mucho, y más, después de haber tenido que hacer la Comunión con pantalón corto".

Pero..., (siempre los dichosos peros), la historia tiene estrambote. Al día siguiente, me mando llamar Sor Victorina, una sor conocida por sus dotes de mando, pero todo corazón. Pidió que me vistieran de Primera Comunión, esta vez con pantalón largo, que me iba a llevar a que me viera alguno de mis familiares que no habían asistido a la ceremonia de uno de los días más grandes de mi vida. Como el familiar que se me vino a la cabeza fue mi tío Félix, que trabajaba, según yo creía en los talleres de RENFE en Atocha, allí que fuimos una monja con toca, de las de entonces, y un niños de siete años vestido de Primera Comunión. Nuestro recorrido por los talleres de RENFE fue espectacular. Afortunadamente para mi tío Félix no pudimos dar con él, pero al menos yo me lucí de Primera Comunión por medio Madrid y con mi pantalón largo.