La refugiada checa
Emiliano Martínez Arriba · Pozuelo de Alarcón · Mayo 2006
Relatos · Historias de Santamarca
Entre los recuerdos de Santamarca que van fluyendo cuando me siento a pensar en los años de mi niñez, aflora de vez en cuando unas imágenes de un grupo de monjas vestidas de gris con un grupo de niñas de uniforme y que siempre encontrabas silenciosas en sitios diferentes del colegio. Muy por encima me llegó la noticia de que era un colegio de niñas de Praga, que habían venido refugiadas mientras terminaba la guerra. Todo esto lo tenía olvidado cuando en Julio del año pasado decidimos mi esposa y yo realizar un viaje de placer para celebrar nuestro 25º aniversario, que, entre otros destinos, incluía tres días de visita a Praga.
Llegamos a Praga desde Viena, después de un viaje de doscientos ochenta Kilómetros en autocar y nada mas llegar padecimos las primeras escaramuzas del carácter checo para los turistas. En el Hotel Hilton, donde nos alojamos, teníamos reservada la comida, y sufrimos un bufete escaso y ramplón que nos hizo temernos lo peor de nuestros días en la República Checa, ello gracias a la mala fe o ganas de fastidiar del maitre de comedor, con quien tuvo una agarrada nuestra guía hasta conseguir que mejorara lo que parecía que no tenia mejora. Afortunadamente ese mal principio no se concretó en su continuación y el resto de actividades fueron discurriendo por cauces bastante normales y agradables. En el segundo día de nuestra visita disponíamos de la tarde libre y decidimos aprovecharla para ir de compras o más bien a curiosear por las innumerables tiendas del barrio de Mala Strana. Nada mas cruzar el puente de Carlos encontramos una tiendecita en la que estaban a la venta joyas de Swarovski y artículos de ámbar, que nos llamó la atención por lo que parecían precios bastante aceptables. Entramos y nuestra sorpresa fue el encontrarnos con que todos los dependientes de la tienda nos saludaron con un Buenas tardes bastante correcto. Efectivamente hablaban un español con algo de acento sudamericano, pero bastante inteligible. Al frente del establecimiento había una señora muy bien arreglada, de entre unos sesenta y cinco o setenta años, y que hablaba un castellano fluido. Mientras mi esposa y sus amigas curioseaban, escogían y regateaban con otra dependienta, yo me paré a hablar con la que parecía la dueña.
Habla Vd. Muy bien castellano. ¿Dónde lo ha aprendido? ¿En España?
No. En España sí he estado, pero el castellano lo aprendí aquí, en la escuela y en la Universidad.
Y ¿en España estuvo de vacaciones?
No. Estuve allí hace muchos años, durante unos meses, cuando era niña. Fue en tiempo de la guerra mundial.
En ese momento ya había encendido mi curiosidad y le pedí que me contara su periplo por España y esto fue lo que me contó:
En el año 1944 la situación en Praga se había hecho insostenible. No había comida, era imposible realizar una vida normal. Yo tenía ocho años y asistía por entonces al Colegio del Niño Jesús de Praga, aquí cerca, pasada la Plaza Drazickêho namêsti, al lado de la Iglesia dedicada al Niño Jesús de Praga que sigue existiendo cerca de esta Plaza. El colegio y nuestros padres decidieron que saliéramos de Checoslovaquia a un país que no estuviera en guerra, y que nos recogiera como refugiadas a un centenar de niñas y nueve o diez monjas. El país que nos acogió fue España y nuestro destino Madrid. El viaje en autocar a través de media Europa fue interminable y cansadísimo, aunque para nosotros niñas de entre siete y doce años fue una aventura extraordinaria. Después de no sé cuantos días de viaje, con paradas en controles y en aduanas, llegamos a Madrid y nos alojaron en un colegio que se llamaba Asilo de Santamarca.
Al oírle nombrar a Santamarca como colegio de refugio para ella y sus compañeras me dio un vuelco el corazón. Con esta persona ya me había encontrado yo sesenta y un años antes, aunque sin cruzar entre nosotros una palabra y, sin fijarnos uno en otro en absoluto. No me quedó mas remedio que interrumpir su relato y hacerle saber que Santamarca era mi colegio en Madrid, y que justamente en aquellos años yo estaba interno en el colegio y recordaba a un grupo de niñas extranjeras que habían llegado a Santamarca en los años de guerra, junto con sus monjas. A Irina, que esa era el nombre de mi interlocutora, se le saltaron las lágrimas y el corazón le daba brincos en el pecho al oírme contar mi relación con Santamarca, no se pudo contener y me estampó dos sonoros besos que hicieron volver la cabeza a toda la tienda. Cuando conseguimos serenarnos un poco le pedí que continuara su relato:
Nuestra estancia en Santamarca fue una bendición después de los últimos años de escaseces y sobresaltos pasados en Praga, con el ruido de las explosiones de las bombas y los bum bum de los cañones sonando continuamente en la lejanía, eso sin contar con las continuas sacas de personas y el toque de queda que nos hacia recluirnos en casa a casi media tarde hasta la mañana siguiente, en aquellos inviernos sin calefacción, y después de habernos ido a la cama sin haber tomado mas que un bol de agua caliente, a esto había que añadir el miedo de lo que podía pasar durante la noche. Por eso insisto que nuestra estancia en España y en Santamarca fue una bendición. Tres comidas todos los días, aparte de la merienda a media tarde, vida ordenada y tranquila con nuestras clases dadas por nuestras propias profesoras.
Disfrutamos de nuestra estancia lo indecible, aquellos pasillos del colegio llenos de maceteros con plantas nos recordaban los de nuestro colegio de Praga en los buenos tiempos, los hermosos cuadros que colgaban por las paredes por todos sitios, la capilla tan reluciente, lo que nos sorprendió mucho, ya que no lo habíamos visto fueron aquellas monjas con aquellos tocados en la cabeza totalmente almidonados, que cuando iban andando parecían palomas en vuelo, y qué facilidad tenían para pasar por las puertas por muy estrechas que fueran.
Durante nuestra estancia nos llevaron a ver algunos monumentos y edificios importantes de Madrid, me llamó mucho la atención que, aunque el río Manzanares era un riachuelillo comparado con el majestuoso Moldava de Praga, sin embargo alguno de sus puentes era comparable a los puentes que tenemos aquí. Me refiero, por ejemplo al Puente de Toledo, magnífico.
Un día nos llevaron por la mañana a ver un espectáculo a una Plaza de Toros, creo que se llamaba Las Ventas. Allí vimos a enanos toreando a un toro, una banda de música que hacia gracias delante del toro y un grupo de personajes disfrazados, uno de bombero, otro de Charlot y algunos mas que hacían reír a la gente mientras toreaban.
Nuestra estancia en Madrid y en Santamarca se prolongó por espacio de ocho o nueve meses, hasta que se acabó la guerra y volvimos a nuestro hogar. Desgraciadamente las cosas no volvieron a ser como antes de la guerra, y ya conoces cuales fueron nuestras experiencias bajo el control soviético. Yo me había quedado enamorada de España, pero era imposible volver, así que me dediqué a estudiar el idioma y la historia de España, tanto en la escuela como luego en la Universidad y me hice una experta en español. Me casé al principio de los sesenta, pero durante la primavera del 68 me quedé viuda. Desde entonces estuve trabajando como intérprete de español en diferentes actividades, hasta que me jubilé hace cuatro años y puse esta tiendecita con mi hija y mi nieto que son los que me ayudan a manejarla.
Luego me preguntó por Santamarca en la actualidad y me dijo lo que le gustaría visitar España, y sobre todo, volver a visitar ese hermosísimo colegio en el que tan feliz fue durante unos meses.
Le conté de la marcha de la Hijas de la Caridad de Santamarca, justamente dos meses antes, y le emplacé para que nos viéramos en Madrid en cuanto le fuera posible.
Para entonces mi esposa y sus amigas habían terminado sus compras y curioseos y estaban esperando que nosotros cortáramos la hebra, así que me despedí de Irina con la firme promesa de que nos volveríamos a ver, y en esa espera estoy.