El monaguillo
Emiliano Martínez Arriba · Pozuelo de Alarcón · Mayo 2006
Relatos · Historias de Santamarca
En aquel momento comprendí lo que debió sentir Hernán Cortés en aquella Noche Triste mientras se retiraba de México. Allí iba yo, cabizbajo, recorriendo el pasillo de la capilla, entre los bancos, con el delatador redondel mojado en mi sotana colorada, que mostraba el resultado de mi falta de previsión y mi incontinencia. Lo peor de todo no era el paso por la zona de los chicos, esos no me importaban mucho, la zona de las chicas que agachaban la cabeza y se tapaban la boca para que no sonaran muy fuertes sus risas, eso si me preocupaba.
Todo había empezado casi un mes antes con otro episodio similar,aunque afortunadamente bastante más en privado.
Entre mis varias disponibilidades, y considerando que era un excelente lector, había sido escogido por las hermanas para leerles las Vidas de los Santos en su refectorio, durante las comidas. Me ponían a ese efecto detrás de un biombo que las reservaba de miradas indiscretas, y donde yo en solitario desgranaba durante media hora la lectura de los textos escogidos por la hermana encargada. Estaba yo un día haciendo mi lectura cuando me entraron unas ineludibles urgencias de aguas menores, y por no cortar la lectura, y no pudiendo aguantar se me escapó allí mismo. Cuando la hermana encargada del refectorio vino al terminar la comida a darme la golosina con la que habitualmente agradecían mi servicio, y se encontró con aquel enorme charco a mi alrededor, se quedó de piedra. Este percance hizo que tardaran mucho tiempo en volver a llamarme para aquel menester. Pero además fue el principio de mi declinar como preferido para menesteres públicos.
En aquel entonces, yo, con mis siete años, había accedido a la categoría de monaguillo, y dada mi facilidad para la lectura y para el aprendizaje de las contestaciones en latín que eran preceptivas en la Misa, era uno de los monaguillos, digamos de servicio, a quien se reclamaba de manera continua para asistir a las celebraciones. Y no solo en Santamarca; mis dominios de monaguillo se ampliaban extramuros y comprendían el ayudar a Misa en Pallarés y, esporádicamente, en la capillita de Santa Gema Galgani (por aquel entonces aun no se había construido la hermosa iglesia que se levanta en la actualidad, ni se había puesto de moda para las celebraciones como bodas, bautizos y otros eventos sociales).
El capellán de Santamarca era en aquellos años D. Ricardo Urbano, un sacerdote de unos cuarenta años, muy serio de carácter, no dado a las bromas ni a las confianzas.
Aquel domingo estaba yo vestido de sotana roja y con mi roquete blanco, asistiendo a la Santa Misa. Ya habíamos sobrepasado la Consagración, cuando se me volvió a presentar una situación de urgencia. Marcharse del Altar en aquel momento era imposible y mi aguante era muy poco, en consecuencia se me volvió a escapar, con la de que se quedó convertido en escandaloso redondel en el centro de la sotana. En una de los momentos en que el oficiante se volvía a los fieles, probablemente a desear la paz, D. Ricardo se percató del desaguisado, y dado su carácter inflexible se dirigió a Sor Pilar, que era la hermana encargada de la capilla y le dijo casi gritando:
¡Que se vaya este niño de aquí! ¡ No quiero volver a verlo más!
Y allí me fui yo con mi medallón en el centro de la sotana, por en medio de los bancos. Los de los chicos, como he dicho, me importaban muy poco, pero, ¡y los de las chicas...! ¡Qué vergüenza tan enorme!
Aquel fue uno de los momentos más tristes de mi niñez. Pero ¿cómo salir de nuevo y volver a recuperar el buen nombre y sobre todo las prebendas a las que había llegado por mis méritos? ¿Sería posible que por un pequeño percance fuera alejado de todas las dignidades a las que mi buen hacer y mis cualidades me habían aupado?
Y fueron pasando los días y los meses desde aquel nefasto día. Esa temporada la pasé hundido en mi recuerdo y sin atreverme a figurar ni aparecer en público. ¡ Cuánta puede ser la angustia de un niño por cosas que cuando pasan los años nos parecen nimias!
El otoño pasó, empezó el invierno y llegó la Navidad. Día 24 de Diciembre, aquella noche sería una de las más hermosas del Año Cristiano, con la celebración de la Misa del Gallo. Lo que yo no sospechaba era el regalo que el Niño Jesús me traería en el momento de su nacimiento.
Aquella tarde Sor Pilar se percató al revisar lo necesario para la Misa de la noche, que aunque disponía de todos los ornamentos y artículos sagrados para la celebración, de lo que no disponía era de monaguillos que ayudaran al oficiante, como mucho tenía uno que era José Luis, aunque era un poco pequeño. El resto de niños que podrían ser monaguillos se habían marchado con sus familiares a pasar las Navidades. Con ánimo de arreglar el problema se dirigió a hablar con Sor Nati Sainz para que le diera alguna solución, y Sor Nati le dijo que la solución era que yo ayudara a la Misa del Gallo. Aunque la decisión era peliaguda, decidieron que dado el tiempo transcurrido probablemente D. Ricardo hubiera, si no olvidado, sí suavizado su postura respecto a mi acercamiento al altar.
En los momentos previos a la Misa yo estaba en la sacristía temblando como una hoja. Cuando entró D. Ricardo en la sacristía, yo bajé la cabeza y oí al capellán preguntar a Sor Pilar:
¿Qué hace este niño aquí?
Sor Pilar le respondió:
Es que no hay más niños que puedan ayudar como monaguillos
Después de unos instantes de silencio D. Ricardo suavizó su tono y dijo:
Bueno, que se quede. Pero espero que nunca más volvamos a tener percances.
Cuando salimos a la Capilla y se entonaron los primeros villancicos, yo creí encontrarme en el Cielo oyendo a los coros de los ángeles. La Capilla brillaba como una joya de oro y brillantes. Allí en lo alto estaba la Madre del Amor Hermoso que me pareció que me sonreía, y el Niño en su pesebre, a la derecha del Altar se estaba riendo y alargándome sus manitas. Todo sonaba alegre y lleno de felicidad.
Aquella noche y aquella Misa del Gallo, fueron para mí el inicio de otra época dorada, que duró..... bueno, que duró.