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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Irene Arriba

Crónica sepia familiar · Martínez Arriba

Después de salir del hospital, y debido a mi dificultad para dedicarme al ejercicio físico más exigente, y para ocupar el mucho tiempo disponible, me he inscrito en un taller de pintura, que se imparte en el Centro Cultural del Patronato de Cultura del Ayuntamiento. Mi sorpresa ha sido, que después del sinfín de años que han pasado desde que recibí mis primeras enseñanzas de dibujo artístico, aun soy capaz de recordar y plasmar en lienzos algunos apuntes pasables, copiados, en principio, de artistas consagrados, y recogidos, más tarde, de otros soportes de imagen.

En esta afición nueva tiene algo que ver el recuerdo de lo que decía Horacio cuando meditaba sobre su muerte: " He erigido un monumento más perenne que el bronce y más alto que las pirámides que acogen a los reyes, al que ni el invierno helado, ni el aquilón impotente, ni la serie innumerable de años podrán destruir. No moriré del todo, y una gran parte de mí evitará a Libitina (la muerte)." Hasta ahora nunca había pensado que el recuerdo que los tuyos tienen de ti se ve reforzado si disponen de algún soporte material que presente y dilate en el tiempo ese recuerdo. En mi caso, he pensado que unas cuantos lienzos pintados con cariño serán el vehículo que me mantendrá en la carrera del recuerdo con mis descendientes cercanos al menos. Como aporte adicional, y deseando que no se queden en el olvido los pocos recuerdos que yo tengo de los míos, he decidido iniciar una recopilación de información retrospectiva sobre mi familia y sobre mí mismo que sirva de ayuda a mis sucesores para establecer una historia familiar que plante las raíces que tan necesarias y apetecibles son en muchos momentos de la vida.

Mi afición a la pintura, y mi relación con otros aficionados dentro del taller de pintura del Patronato, me ha lanzado a recorrer museos para aprender directamente de los grandes maestros los entresijos del arte pictórico. Pero en este recorrido me he encontrado con un muro infranqueable a la hora de intentar visitar el Museo Reina Sofía.

El museo Reina Sofía está ubicado en el edificio que durante muchos años, y entre estos años en los 40 del siglo veinte, fue al Hospital General Provincial de Madrid, no sé si ese era realmente su nombre, pero si sé que era el hospital donde iban a parar todos los menos afortunados de Madrid. Por los comentarios que recuerdo haber oído, este hospital era por aquellos años 40 algo muy parecido a los hospitales que describía Dickens, o a los hospitales con que en los reportajes sobre el tercer mundo intentan remover nuestras conciencias. Las salas eran dormitorios comunitarios con veinte o treinta camas, los medios de que se disponía en los años a que me refiero eran mínimos, debido a la guerra civil pasada y a la guerra mundial en curso. Con todas las salas llenas, los enfermos se apiñaban en los pasillos, en espera de disponer de una cama donde poder reposar y ser atendidos medianamente. En los primeros tiempos, después de terminada la guerra civil, parece que, según la rumorología popular, era practica habitual, debido a la ingente cantidad de enfermos y a la dificultad y en casos imposibilidad de atención y de curación, ayudar a morir más rápidamente a aquellos enfermos con enfermedades consideradas como incurables. A este ejemplo de centro hospitalario llegaron para su desgracia mis dos progenitores. Mi madre, Irene, con treinta y siete años, en Octubre de 1942, y mi padre, Casimiro, con cuarenta y seis años, en Mayo de 1948. Ninguno de los dos salió con vida de dicho centro. En el caso de mi madre llegó ella sola, por su propio pie, al hospital el 16 de Octubre y falleció el 18 de Octubre de 1942. Es cierto que tenía tuberculosis, enfermedad considerada incurable en aquella época, sobre todo en España y con los medios de que se disponía, pero también es cierto que, en otras circunstancias y en otro centro, y sin la posible ayuda que suponemos recibió, podría haber sobrevivido para alegría nuestra.

Irene Arriba en los años 30
Irene Arriba en los años 30

Yo no tuve relación con Irene Arriba más que durante mis primeros tres años de vida, tiempo insuficiente para formarse un concepto adecuado de nadie. Es más, no recuerdo absolutamente nada de ella, a pesar de que sí tengo algunos recuerdos de aquella época. Recuerdo perfectamente la distribución de nuestra casa en Mérida, recuerdo la casa en la huerta del señor Manuel en la que mis padres tenían algunos intereses, recuerdo una noche de incendio, de los muchos que ha sufrido, en el matadero de Mérida, pero este no debía ser posterior a 1943, ya que en ese año me trasladé a Madrid con mi padre, pero, sin embargo, insisto en que no recuerdo nada de mi madre. Es posible que ya estuviera enferma en los dos últimos años, y que, debido a su tipo de enfermedad, consideraran tanto los médicos como los familiares, y principalmente ella misma, que no debía de convivir con los niños para evitarnos el contagio.

Aunque mi conocimiento de esta mujer es a través de información de terceros, lo que sí he podido entresacar es, que mi madre era una mujer CAYUELA completa. He podido constatar, con el paso de los años, que en mi familia, las mujeres descendientes de la rama de mi abuela Matilde reúnen unas condiciones especiales de arrojo ante las adversidades, dureza en los avatares de la vida, capacidad creativa, en fin, lo que en los altos círculos sociales se conoce como "DAMAS DE HIERRO". Que mi madre pertenecía a este grupo lo avalan algunas anécdotas que he podido recoger.

Fotografía del archivo familiar

Irene, derecha, Constancia, sentada y Bienvenida, izquierda en los años 30.

Eran los años del hambre de la posguerra española, mis padres disponían de una churrería en nuestra casa de Mérida, pero el poder adquisitivo de la población en aquellos años hacía que el negocio diera sólo para malvivir a una familia con dos o tres hijos. Mi madre ni corta ni perezosa se preparaba sus trebejos de churrero y se desplazaba por todos los pueblos más o menos cercanos donde se celebraban ferias, y establecía su churrería ambulante. En una de aquellos pueblos, una feriante competidora le debió hacer algún tipo de faena, bien en la colocación del puesto, o le robó algo de harina o alguna otra incidencia que a mi madre no le pareció correcta. Ni corta ni perezosa se enfrentó con la infractora, y a pesar de ser una mujer de pequeña estatura, puso a la contraria con la cabeza entre sus piernas y le propinó una somanta de la que no se olvidaría. Este proceder lo empleaba mi madre solamente en defensa de su "corral", ya que por otra parte era una persona muy amable y que en ningún caso se podía considerar como camorrista o peleona.

En aquellos años, para poder sobrevivir, y sobre todo para poder comer era necesario estrujarse el magín y realizar acciones que en una época menos anormal se considerarían payasadas. Aprovechando la cercanía de Portugal, era frecuente que mi madre realizara viajes al país vecino para traerse suministros (aceite, café azúcar) a precios más baratos que los que se conseguían en España en el mercado negro, ya que la compra en los establecimientos estaba racionada. Estos suministros eran no sólo para el abastecimiento de la familia, sino también para aprovechar la facilidad de venta que el mercado negro (estraperlo) proporcionaba. Como en la frontera había inspectores de abastos que controlaban que no se introdujeran ninguna clase de víveres u otros materiales racionados, mi madre se colocaba todo lo que traía dentro de una bolsa similar a la marsupial de los canguros, y pasaba como si estuviera embarazada de muchos meses. Supongo que los abasteros tendrían noticias de estas triquiñuelas, pero también supongo que habría una cierta connivencia, aparte de que algún chasco se llevarían al intentar registrar a alguna embarazada real, lo que les haría más cautos en sus suposiciones.

En mi casa, y esto sí lo recuerdo, al ser propietarios-titulares de una churrería tenían un cupo de harina dentro del racionamiento más amplio que el que recibía una familia particular. Recuerdo, y lo estoy viendo ahora como si lo estuviera viviendo, que, en la alcoba del fondo, se extendían sobre unas sábanas filas de fideos hechos con una máquina manual similar a la de hacer chorizos. Estos fideos se hacían con la harina que se podía escamotear del cupo de industria-comercio churrería, y, es probable, que aparte de para el consumo familiar sirvieran también para mejorar la economía familiar vendiéndolos en el mercado libre.

Como he dicho, a mi madre se le diagnosticó una tuberculosis, y me puedo suponer el sacrificio personal que a esta mujer de temple le tuvo que suponer el apartarse de sus hijos, cuatro, el mayor de 10 años y el pequeño con ocho meses, y digo apartarse, hasta el punto de trasladarse a Madrid a casa de sus hermanos, y dejarnos con nuestro padre en Mérida con la ayuda de otras manos que, por muy familiares que fueran, eran extrañas y, desde luego, mucho menos amorosas que sus manos de madre.

La estancia en la casa en que convivía con sus hermanos no fue muy larga, ya que, el distanciamiento y rechazo que su enfermedad producía en los de su propia sangre, le hizo dirigirse a ingresarse en el hospital, donde tan fulminantemente encontró la muerte.

Irene era la hija mayor de Esteban Arriba Cayuela y de Matilde Cayuela Contreras. Nació en Paones (Soria) el 5 de Mayo de 1905. Tenía cuatro hermanos, dos hembras, Constancia y Bienvenida y dos varones, Félix y Leónides. Tanto de mis abuelos maternos como de mis tíos hablaré posteriormente.

Irene fue una gran mujer malograda, como la mayor parte de su familia en el principio del siglo XX, por las enfermedades aun no controladas, por la guerra que hizo que el país no progresara al ritmo adecuado por la escasez de medios y personas capaces, y por los destinos de la Providencia que es quien, en definitiva, permite que sucedan las cosas que atribuimos al destino.

Irene Arriba años 30
Irene Arriba años 30
Reverso de foto con escritura de Irene Arriba años 30
Reverso de foto con escritura de Irene Arriba años 30
Fotografía del archivo familiar

Reverso de foto con escritura y firma Hnas. Arriba..