Emiliano Martínez Arriba
Crónica sepia familiar · Martínez Arriba
Santamarca
Una mañana, yo había comido las sopas que mi padre había dejado en la cesta al lado de la cama, y estaba ya zascandileando por los solares en ruinas de Santa María de la Cabeza con mi grupo de amiguetes, cuando llegaron Manuela y Vences, y me dijeron que me fuera con ellas, que teníamos que ir a casa de mis tíos. No recuerdo a que casa me llevaron, mi siguiente recuerdo es, ya de noche, debía de ser invierno, porque había anochecido pronto y hacía frío. Me acompañaba mi tío Félix, y me llevó a un edificio muy grande, un colegio. Entramos en el vestíbulo y nos recibió una monja, al parecer la encargada de las admisiones. Mi tío estuvo un rato hablando con ella, y al final entendí que no me podía quedar en este colegio. Nos marchamos y no recuerdo donde dormí aquella noche. Al día siguiente volvimos de día al colegio. Mi tío me acompañaba y volvió a hablar con la misma monja. Al parecer, el paso de un día a otro había cambiado totalmente la situación. Fui recibido de inmediato, y otra monja, que vino a buscarme, me llevó al interior del colegio. Se había cerrado un ciclo y empezaba uno nuevo. Era el final del año 1943.
Atrás habían quedado los días de Mérida, yo en la huerta del señor Manuel, bajándome a bañar a la orilla del Guadiana, y digo a la orilla y no al Guadiana, porque la recomendación era severa, NO MOVERSE DE LA ORILLA. Y sin moverme de la orilla tuve mi primera partener del sexo contrario, una niña de mis años a algo menor a la que recuerdo con su madre bañándose en la orilla como yo, ella tal como vino al mundo, y yo supongo que de la misma guisa. Entre mis recuerdos de Mérida, destaca la estancia con mi padre en la casa que mi tía Constancia y el tío Juan tenían en la otra orilla del Guadiana. Me viene a la memoria que se planteó un problema porque el señor Agustín, el padre del tío Juan, estando sentado sobre un montón de tierra al borde de un pozo en construcción, se cayó de espaldas al pozo, y parece que echaban las culpas a mi padre de que lo había empujado. De resultas de esta discusión tuvimos que irnos, y supongo que fue cuando nos vinimos a Madrid. Estoy viendo, como si fuera ahora, que aquella mañana, probablemente por algún vertido incontrolado, el río venía lleno de peces muertos flotando en la superficie.
He sabido posteriormente que mi entrada en el Asilo de huérfanos Santamarca, se debió a la intercesión de mi tía Bienve ante su señorita; mi tía estaba sirviendo en casa de la hija del Ministro de Trabajo D. Alfonso Peña. De otra manera no hubiera entrado, ya que Santamarca, era una fundación de la Condesa de Santamarca destinado a acoger huérfanos nacidos en Madrid, lo que indudablemente no era mi caso.
Mi vida en Santamarca fue todo lo feliz que puede ser para un niño que ha tenido que empezar a acomodarse a las circunstancias adversas de la vida. Las Hijas de la Caridad, una vez admitido, me trataron como si fuera uno más de sus hijos que podrían haber sido. Era invierno, como he dicho antes, y sor Felisa Guembe, desde el primer día, para mitigar el helor de la cama, me ponía una botella con agua caliente dentro de la cama, a los pies. Esto me duró un poco de tiempo, hasta el día en que, por circunstancias que no vienen al caso, me hice pis en la cama. Me desperté a media noche, y al percatarme del desaguisado, tomé una rápida decisión; destapé la botella de agua que tenía a los pies y me volví a dormir con toda tranquilidad. A la mañana siguiente, sor Felisa, al contemplar el espectáculo, no me regañó en exceso, pero desde aquel día no volví a tener agua caliente en la cama para los pies.
Yo debía ser un muchacho algo terco pues entre mis recuerdos aparece una escena de cabezonería llevada al extremo. Tendría yo cinco año recién cumplidos, en la clase donde yo estaba, se tuvo que ausentar la sor y dejó al cargo a uno de la clase de los mayores, no recuerdo su nombre. No sé lo que haría yo, ya que era muy nuevo para tener amigos con los que hablar, pero el cuidador me mandó salir al centro. Me dijo que me pusiera de rodillas, y yo me quedé inmóvil, cabizbajo y sin decir nada; me insistió en que me arrodillara, y yo como si no fuera conmigo, a la tercera y dada mi tozudez el cuidador me empujó en la espalda para que me arrodillara, y yo ni doblé las rodillas, caí tan tieso como un palo de narices al suelo. ¡La escandalera que se armó al verme sangrando por las narices como un gorrino en la matanza!. Pero yo había quedado triunfante y me había ganado el respeto de mis compañeros. Desde aquel momento se me abrieron todos los círculos de amigos y me pude considerar integrado de pleno en el ambiente colegial.
Analizando desde la distancia los años de colegio, y la calidad de vida de que disfrutábamos, nos podíamos considerar afortunados por poder disponer de las comodidades que estaban vedadas para la mayor parte de los niños españoles en aquellos años de posguerra.
Teníamos un dormitorio común con sus servicios dentro del dormitorio y su cuarto de lavabos adjunto, por cierto, en invierno cuando íbamos a lavarnos por la mañana, y al no tener los grifos nada más que agua fría, las hermanas se preocupaban de llenar todos los lavabos con agua caliente para que no sufriéramos la frialdad del agua al lavarnos. Pero había un dormitorio para invierno en la primera planta y otro dormitorio más fresco, cerca de la azotea, para el verano. Asimismo, teníamos un comedor, con sus mesas de mármol corridas, y en verano se montaba el comedor con mesas de madera en el cobertizo, al lado de nuestro patio de recreo. También disponíamos de una piscina en la que podíamos bañarnos durante el tiempo de calor, eso sí, con bañador de cuerpo entero, obligatorio a cualquier edad. Allí aprendí a nadar, bueno a mantenerme en el agua de cualquier manera, y a bucear, todo con tal de librarme de las aguadillas de los mayores, que perseguían con saña a los pequeños en los que observaban ignorancia de las artes natatorias o miedo al agua.
En aquella primera época de mi estancia en Santamarca tuve mi primera aproximación a la muerte. Un compañero de mi edad. José Valonga, se puso muy malito, vino a verle el médico, y de un día para otro empeoró y se murió. No nos dejaron verle, ni asistir a su entierro, pero fue la primera vez que fui consciente de que alguien con quien había convivido se moría y se me quedó grabado.
La Navidad era una época que tenía un especial encanto. De aquella época me ha quedado un recuerdo tan fuerte y tan dulce de esas fiestas, que, siempre esperaré su llegada con la ilusión que otros conocen como el espíritu de la Navidad. Las mañanas de los días de Navidad empezaban con una alegría desbordante. Un grupo de hermanas jóvenes equipadas con panderetas y zambombas, recorrían el dormitorio cantando villancicos y animando a todos a levantarse y acompañarlas. Como estábamos de vacaciones, disponíamos de todo el día para realizar actividades no usuales, visita de nacimientos en diferentes Centros y establecimientos de la zona, preparación y puesta en escena de obritas de teatro, ensayo y actuación en coros de villancicos, y, recreo a discreción durante una gran parte del tiempo. A nuestra edad, el que hiciera frío en el exterior, y que a veces hasta hubiera nieve, más que una dificultad era un aliciente añadido. Y al final de las Navidades, LOS REYES MAGOS. La tarde del día 5 de Enero y la mañana del día 6 eran especiales. En la tarde del día 5 íbamos a la Cabalgata de Reyes que organizaba la Compañía BRESSEL por la barriada de la Cruz del Rayo, y en la mañana del día 6 podíamos ver lo que nos habían traído los Reyes. Lo cierto es que lo que nos traían eran unas peladillas, unos piñones, algunos higos secos, castañas y avellanas y quizás una peonza o una pirindola (Parece que se dice “perinola”, pero yo aseguro que nosotros decíamos PIRINDOLA). Cuando tenía 5 ó 6 años fui como todos los años a la Cabalgata de Reyes en la tarde del día 5 de Enero. Los organizadores solían entregar vales a canjear por juguetes en la propia Cabalgata a los niños pobres de la zona (que en realidad éramos todos), pero en el caso del Asilo de Santamarca entregaban a las Hermanas de la Caridad un vale para cada uno de los niños internos en el Asilo. Aquella tarde yo había recibido mi vale y lo mantenía sujeto en mi mano metida en el bolsillo del abrigo. Me encontraba entre el público infantil embelesado, viendo desfilar los caballos hermosamente enjaezados, con alforjas llenas de cajas con juguetes; a su lado iban los pajes de los Reyes, con vestidos árabes brillantes, repartiendo sonrisas y juguetes contra entrega del vale correspondiente. Como he dicho yo estaba con mi vale esperando que se acercara un paje para entregárselo y recibir mi juguete, cuando, a mi lado, un niño de unos ocho o diez años me preguntó si yo tenía vale para juguete. Yo le enseñé orgulloso mi vale, y después volví mi atención al desfile que avanzaba. Llegó el momento en que el/la paje del Rey Melchor se acercó donde yo estaba en busca de niños que dispusieran de vales para entregarles su juguete, y yo ufano, metí la mano en el bolsillo del abrigo donde hasta hacía un momento estaba el maravilloso vale. Pero, ¡oh sorpresa!, el vale no estaba, había desaparecido. Vosotros creéis que habéis visto niños llorar, pues cualquiera de los casos que conozcáis eran sonrisas comparadas con las lágrimas que yo empecé a echar al notar la falta del necesario papelito. ¡Cómo sería el espectáculo que la paje que estaba repartiendo los juguetes me dio un carro con un burrito con tal de que dejara de llorar! Aquella tarde empecé a aprender hasta donde llega la maldad aún en la infancia, por el hurto de aquel niño, y que la bondad existe en el acto de la paje anónima. Aquella noche dormí como un bendito con mi carro y mi burrito debajo de la cama.
Otros momentos, cuyo recuerdo me enternece, eran los actos religiosos de la Navidad, todos ellos llenos de suavidad y cariño. Luego he oído a más de uno, tanto en público como en privado, llamar ñoñería a esos sentimientos que nadie debe tener vergüenza de haber sentido.
Los años de Santamarca, desde 1943 a 1949, fueron años de dicha y tranquilidad. Es cierto que no vivían mis padres y que estaba recluido en un Centro de huérfanos, pero, sin embargo, la alegría que se respiraba en el ambiente no dejaba traslucir ningún problema de falta de afectividad. Es verdad que, yo no recibía visitas de mi familia los domingos de forma habitual. No voy a negar que se me quedó grabado el momento en que el fotógrafo que estaba haciendo las fotos de grupo y unipersonales de todos los niños que habíamos hecho la Primera Comunión el día 2 de Junio de 1946, al preguntarme la dirección para mandar las fotos y yo decirle que no tenía y que no había nadie de mi familia, me invitó amablemente a abandonar el grupo que se estaba haciendo la foto, Por cierto, que al día siguiente, sor Victorina, que era una monja de rompe y rasga, al enterarse de que no había asistido ningún familiar mío a mi Primera Comunión, me llamó para preguntarme donde trabajaba alguien de mi familia. Yo le indiqué que creía que mi tío Félix trabajaba en los talleres de RENFE en Atocha, y ella, ni corta ni perezosa, me mandó vestir de Primera Comunión, y allá que nos fuimos a los talleres de RENFE en Atocha a buscar a mi tío. Después de recorrer los talleres arriba y abajo toda la mañana no encontramos a mi tío. ¡Pobrecillo! ¡De la que se libró!
Aunque en aquella época no me causaba mayor trauma el no recibir visitas habitualmente, ya de mayor y al hablar con mi hermano Alfredo sobre este tema, me hizo gracia su punto de vista. Alfredo tenía por aquella época entre doce y diecisiete años. Durante la semana estudiaba y a edad muy temprana también trabajaba, eso sin contar las horas que tenía que emplear en cavar la huerta de Villaverde, o en ayudar al tío Juan en los trabajos de albañilería para levantar las casas en la huerta. Mientras él estaba sobrecargado durante la semana, y además pasando las estrecheces que había en aquella época, el señoriíto Emiliano estaba atendido a cuerpo de rey. Cuando llegaba el fin de semana no parecía lógico que el más agobiado empleara su tiempo en ir a ver al señoriíto, por lo que, al menos por parte de mi hermano, se consideraba con excusas suficientes para no aparecer por Santamarca.
El grupo de niños que componíamos la comunidad colegial, unos cien, formábamos una gran familia de hermanos de entra 4 y 10 años. Y aún teníamos hermanos mayores que esos sí que nos visitaban los fines de semana. Me refiero a los antiguos alumnos, especialmente los más jóvenes, de 16 a 18 años que venían de forma habitual todas las semanas y se pasaban las mañanas de los domingos con nosotros. Solían traernos tebeos y chucherías, y eran nuestra verdadera familia de fuera. Recuerdo con cariño nombres como: Pedro Picazo, Mario, Luis Iparraguirre, Gabriel y otros muchos cuyo recuerdo se ha difuminado con el paso de los años.
En cuanto al afecto maternal, que podía ser la principal falta en nuestra corta vida, era en parte suplido por unas mujeres que se entregaban a su labor de caridad con toda su alma. El grupo de Hermanas que llevaban el control de los niños eran:
Sor Natividad Sainz, navarra de Estella, que sufrió hacia el año 1947 una enfermedad que le afectaba a los nervios del cuello y tenía que mantener el cuello torcido como si tuviera tortícolis. Esa posición teniendo que llevar la toca, que formaba parte del uniforme de aquella época, le tenía que producir unos dolores continuos. Nunca le oí quejarse de su dolencia; al contrario, para todos nosotros tenía siempre un trato dulce y cariñoso.
Sor Felisa Guembe, de Azcoitia. Con sor Felisa tuve yo un especial trato de amor/odio. Tenía un carácter muy explosivo, pero nunca mantenía sus enfados más de un minuto. Yo era su acompañante preferido cuando tenía que salir a la calle a hacer algo. Me llevaba siempre a ver a su hermana Sor Ricarda, también hija de la caridad. Sor Ricarda estaba destinada en un centro de ancianos. Primero íbamos a la calle Amaniel, que era donde estaba el centro en los primeros años cuarenta, luego este asilo fue trasladado a la calle General Ricardos, en Carabanchel. En este centro, me cogió un cariño especial una anciana ciega llamada María, y no podía yo ir allí sin visitarla individualmente. Me llenaba de caricias, me perfumaba y siempre tenía unas chucherías que darme.
Sor Felisa Errasti, guipuzcoana de Ermua. Esta hermana era una verdadera artista. Tenía una preparación musical exquisita, tocaba el piano, el órgano, el violín, la guitarra; tallaba madera, pintaba y que sé yo cuantas cosas más. A mí me prohijó y se hacía llamar mi “amama” (abuela en euskera). Es de la única que conservo una foto. Ella me enseñó algo de solfeo y de piano, y me encaminó por el camino del arte, que, desgraciadamente, no pude practicar durante mucho tiempo de mi vida. Entre mis aficiones estaba el pedirle a sor Felisa que me enseñara algo de vasco, y en aquella época aprendí el Himno de San Ignacio de Loyola en vasco y algunas frasecitas. Ahora ya no vale para nada, porque hay quienes se han encargado de crear un idioma de pret a porter, que tiene poco que ver con el idioma que se hablaba en los caseríos.
Sor Natividad García, aunque estuvo muy poco tiempo con nosotros, quizá un par de años, la recuerdo como una mujer que repartía cariño a raudales. Debió ser en el año 1946 cuando la mandaron a la India de misionera y creo haber oído que volvió en los años 90 y en este momento está pasando sus últimos años en Santamarca de nuevo.
Junto a estas Hermanas que tenían un trato cotidiano con nosotros, los niños, también teníamos contacto con otras Hermanas, sor María, la encargada de la enfermería, con la que pasamos el sarampión, las paperas, los sabañones invernales, los catarros; sor Josefinaque cubría el hueco de sor Francisca, la Superiora, que estaba muy mayor y bastante enferma. Después de un período de transición con sor Encarnación Blanco, sor Josefina pasó a ser la superiora al fallecer sor Franciscaen el año 1957. Otras Hermanas que aunque estaban al cuidado de las chicas nos conocían eran sor Natividad Barrera, sor Antonia, sor Victorinay más de las que no recuerdo el nombre al cabo de los años.
Todas estas mujeres procuraban darnos el cariño de la madre que a la mayor parte de nosotros nos faltaba, cumpliendo con lo que dice el himno del Colegio:
desde pequeños nos toca ya sufrir
notando el hueco de nuestra orfandad,
pero el cariño que tu nos sabes dar
calma el recuerdo haciéndolo olvidar.
Al mirar ahora lo que ocurre en muchos hogares en las relaciones padres-hijos, lo cierto es que el cariño recibido en mi infancia me parece que fue un regalo del cielo.
No sería justo si no hiciera referencia a las visitas que recibía de mi tío Félix y su mujer la tía Angelita, que aunque no tanto ni tan a menudo como podía esperarse, si aparecían a verme de vez en cuando y hasta me sacaban a su casa de la calle Pantoja algún domingo que otro. Todo ello a pesar de las estrecheces que pasaban en aquellos difíciles años.
En los meses de verano, también mis tíos Juan y Constancia, procuraban que pasara algunos días con ellos, primero en el piso de Ríos Rosas, y luego en la casa de la huerta de Villaverde; esto lo hacían con gran sacrificio, a pesar del “overbooking” que padecían al tener en casa, aparte de los suyos a mi hermano Alfredo, posteriormente también a Casimiro. Esta situación siguió produciéndose hasta que Alfredo se hizo novio con Angelita, en cuyo momento Casimiro y él se marcharon a vivir de pensión a casa de la señora Inés.
Ha sido a conciencia el dejar para el final de este apartado aquello que, si lo hubiera tenido que contar hace cuarenta años, me hubiera hecho sonrojar, contado con la amortiguación que supone el paso de los años, me hace sonreír. Hasta cumplidos los siete u ocho años tuve un problema importante para un niño de esa edad, y es que había momentos en que era incapaz de aguantar y me hacía pis encima. En realidad esto no sucedía en cualquier circunstancia, sino solamente en aquellos momentos en que estaba enfrascado en algo importante y que no podía ser interrumpido por tan prosaico menester. Las Hermanas de la Caridad tenían por costumbre y por Regla, escuchar durante las comidas algún tipo de lectura como las vidas de los santos y otras similares. Yo en aquella época ya era un experto lector, y por esa causa fui escogido para leer en voz alta durante las comidas de la Comunidad. Yo me colocaba detrás de un biombo y, de pie, leía durante la aproximada media hora que duraba la comida. Pero, ocurrió un día que cuando la hermana que venía al terminar la comida y la lectura a recogerme el libro y a darme una golosina como premio a mi servicio, se encontró con la sorpresa de que el suelo a mi alrededor aparecía mojado, y sospechosamente también mis pantalones. No tengo la impresión de una gran regañina, sino más bien algún comentario más delicado. Pero lo que si recuerdo es que la segunda o tercera vez que ocurrió lo mismo fui relevado del honroso oficio de lector de refectorio de la Comunidad. Pero, con ser traumatizante este episodio, más lo fue cuando esto mismo ocurrió durante la celebración de la Santa Misa, cuando yo estaba en funciones de monaguillo, vestido con mi sotana roja y mi sobrepelliz, y por sorpresa apareció en mi sotana y por debajo de la cintura un redondel de humedad delator del vergonzoso sucedido. Quería que me tragara la tierra, pero fue aún peor, cuando D. Ricardo Urbano, el capellán oficiante, al percatarse del desaguisado, se volvió hacia los asistentes, y, sin ninguna caridad ni comprensión vociferó a voz en cuello: “¡Fuera de aquí este niño! ¡No quiero verle nunca más ayudando a misa!”. Aún con mi corta edad, lo que más me dolió es que todo esto pasó delante de todo el colegio, principalmente delante de las niñas. No volví a ayudar a misa en mucho tiempo, hasta una Navidad en que, debido a las vacaciones de los niños, no le quedó más remedio a D. Ricardo que aceptar que fuera yo el monaguillo en la Misa del Gallo, tengo que advertir, que sin ningún incidente. Lo cierto es que tampoco fueron excesivas las ocasiones en que sufrí el percance de incontinencia urinaria, pero fue en ocasiones tan señaladas que convirtió lo extraordinario en corriente y me gané fama de “meón”.
En 1949 yo había cumplido diez años y se cerraba el tiempo de estar en el colegio de Santamarca. Las hermanas decidieron por mí y yo no opuse ninguna resistencia para pasar al Seminario de los PP. Paúles en la Apostólica de Murguía (Álava), y este será el segundo capítulo de mis recuerdos de infancia.
MURGUÍA (Álava) – Colegio del Sagrado Corazón de Jesús – Seminario menor de los PP. Paúles.
5 de la tarde del día 29 de Septiembre de 1.949. Habíamos salido de la estación del Norte de Madrid el día 28 a las 23,30 aproximadamente, y a pesar del largo viaje, nuestra primera actividad al llegar al colegio aquella esplendorosa tarde de Septiembre, fue acercarnos a la plaza de toros de carros para asistir a las vaquillas con que se celebraba en Murguía la festividad de San Miguel arcángel, patrón del pueblo. Aunque era la primera vez que llegaba al Colegio, no era lo mismo para Miguel Blázquez que empezaba segundo de latín, y que era ya un experto en los entresijos de las relaciones sociales de la Apostólica (nombre con que se conocían los seminarios menores de los PP. Paúles.)
Viajábamos desde Madrid, con billete de caridad, pagado por la Asociación Matritense de Caridad, y partiendo desde las instalaciones de Convalecientes que las Hijas de la Caridad regentaban en la calle Meléndez Valdés de Madrid, tres mozalbetes de diez y once años: Miguel Blázquez, once años; José Cabanas, diez años, y Emiliano Martínez, diez años. Equipados con nuestras maletas de cartón, que contenían toda la ropa necesaria para los nueve meses de curso, y que abultaban más que nosotros, nos embarcamos en la aventura de llegar sanos y salvos, después de diecinueve horas en un tren que paraba hasta en los apeaderos, teniendo que hacer un trasbordo en Miranda de Ebro para coger el correo Zaragoza-Bilbao, cargando con las mencionadas maletas, hasta llegar a la estación de Izarra. Una vez desembarcados allí aún nos quedaban siete kilómetros a pie hasta llegar a Murguía, en el valle de Zuya, al Colegio del Sagrado Corazón de Jesús. Afortunadamente, y eso lo sabía Miguel, que por algo era un veterano, podíamos dejar las maletas en un bar del pueblo de Izarra, enfrente de la estación, donde luego vendría Rafa, el empleado para todo del colegio, con su carro de bueyes, para llevarlas al colegio.
Un viaje en tren en esas condiciones para tres niños sanos y despiertos era todo un regalo en aquella época. Tuvimos una noche de paseo por todo el tren, de bajadas en las estaciones en que el tren hacía una parada más prolongada, de fumar nuestros primeros pitillos, que nos supieron a rayos, en fin, de gozar de una total libertad sin las cortapisas que el colegio y los mayores nos tenían impuestas habitualmente. Estos viajes se sucedieron en un sentido y otro durante los cinco años siguientes, y aprendimos a manejarnos como expertos viajeros, y hasta aprendimos a realizar compras ventajosas en los puntos intermedios: pan blanco en Valladolid, almendras garrapiñadas en Briviesca, caramelos de café con leche de la Vda. De Solano en Medina del Campo, etc…
En uno de estos viajes de vuelta a Madrid, exactamente el 30 de Junio de 1950, tuve una experiencia que, aun ahora, pasados más de 50 años, se me aparece en el recuerdo con toda nitidez.. Eran como las 6,30 de la mañana de ese 30 de Junio. El tren se acercaba a Madrid y recorría en aquellos momentos los campos de Pozuelo. Ya hacía un rato que había amanecido, y el sol empezaba a desperezarse sobre los suburbios de Madrid. En esos momentos me asomé a la ventanilla del tren y miré al cielo que ya estaba claro. Al ver el cielo de Madrid, azul limpio, brillante, resplandeciente con el nuevo sol, como una invitación a empezar a vivir, sentí que el vello se me erizaba, como cuando escuchas una canción que te llega muy dentro. No creo haber visto un amanecer igual en toda mi vida. No olvidaré nunca el cielo sobre Madrid en aquel amanecer del 30 de Junio de 1950.
Los años pasados en la Apostólica de Murguía, fueron años de tranquilidad y felicidad. Como ya he dicho en algún punto anterior, si algo ha tenido Emiliano Martínez Arriba en su vida ha sido una gran capacidad para acomodarse a las circunstancias y situaciones, alguien dirá “un camaleón”, bueno, puede ser, pero constructivo. En los cinco años pasados en la Apostólica circulé desde la infancia a la pubertad, en un ambiente de seminario tridentino, sin contactos con el mundo exterior, ni siquiera durante las vacaciones, salvo en los contados días que pasé durante los veranos en casa de mis tíos Juan y Constancia. La cantidad de trabajo a realizar durante el curso hacía que solo tuvieras tiempo para dedicarte al estudio, a los deportes y a alguna afición personal, en mi caso dos: la música, incluyendo el piano como instrumento y la lectura.
En el estudio no tuve ninguna clase de problemas para estar siempre entre los destacados en cualquiera de las disciplinas.: latín, griego, matemáticas, lengua española. Era muy difícil no cumplir con los mínimos exigidos, salvo que se fuera muy corto de entendederas. Quiero recordar que teníamos diariamente, cuatro horas de estudio, cuatro horas de clase y a última hora del día el llamado “pensum”, de una hora y media aproximadamente, tiempo que había que emplear en hacer los ejercicios de las diferentes asignaturas. Si a esas nueve horas y media añadimos las dos horas empleadas al día en la Santa Misa, Santo Rosario y otros actos religiosos, la hora y media de las comidas y la hora y media que sumaban los dos o tres recreos entre clases y después de comer nos quedaban aproximadamente las nueve horas de sueño que disfrutábamos desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana. Toda esta actividad la realizábamos en un ambiente gélido desde el mes de Noviembre hasta el mes de Marzo. En aquellos primeros años no estaba la situación económica para lujos, y el disponer de una calefacción para calentar aquel caserón con techos de cinco metros de alto era realmente un lujo. No fue hasta el tercer o cuarto año de mi estancia en Murguía que se puso en funcionamiento una caldera de carbón que elevaba un poco la temperatura de aquellos enormes salones y nos permitía estar en el salón de estudios sin guantes y sin bufanda. ¿Habéis visto la foto del Colegio con todo su entorno nevado? Bueno pues ese era nuestro paisaje desde el mes de Noviembre hasta Marzo. Salíamos al recreo en la nieve, jugábamos al fútbol en la nieve, paseábamos los jueves y domingos por los campos y bosques nevados y sufríamos los sabañones en pies y manos durante todo el invierno. Yo fui un afortunado con los sabañones, ya que en mi primer invierno, sufrí tal ataque de sabañones en los pies que tuve que estar quince días en la cama sin poder poner el pie en el suelo, pero este fuerte ataque tuvo el efecto de una vacuna, y desde aquel año no volví a tener sabañones de los importantes, solamente sabañones leves en las manos y los pies, cuyo picor por la noche se solucionaba dejando los pies al aire libre. (Los sabañones pican mucho cuando los pies o las manos están calientes)
En las tardes de los jueves y los domingos teníamos programados paseos por los alrededores. Esos paseos solían ser de dos o tres horas, unos quince Kms. En esas tardes recorrimos los pueblos de todo el valle de Zuya de los que guardo un hermoso recuerdo: Amézaga, Bitoriano, Sarría, Marquina, Apérregui, Domaiquia, Jugo, Zärate, Guillerna, y otros más lejanos y fuera del valle como, Belunza, Izarra, Gujuli, todos estos pueblos y sus alrededores fueron una y otra vez el destino de nuestros paseos de adolescentes. Otro paseo no menos recordado era la subida al Monte Oro hasta la ermita de la Virgen de Oro. Este último era obligado cuando llegaba la primavera y la nieve no era un obstáculo insalvable para nuestras caminatas. Tres veces al año hacíamos lo que se llamaba una excursión; podía ser: a pie o en autocar. Las dos del primer y segundo trimestre solían ser a pie. La diferencia con un paseo de jueves o domingo era que la excursión ocupaba todo el día, el recorrido solía superar los treinta Kms. entre la ida y la vuelta y comíamos en el campo la comida que los hermanos coadjutores se encargaban de transportar ¿en coche?, yo creo que en carro, ya que los coches era un lujo en aquella época. Esas excursiones de “a pie” podían ser: a Orduña, al Gorbea. La excursión del tercer trimestre era en autocar y era también de un día, pero ya el destino podía ser Bilbao y sus alrededores, Vitoria y entorno o San Sebastián. En la primera de estas excursiones vi por primera vez el mar en Portugalete, y me bañé también por primera vez en la playa en Las Arenas.
Unos días antes de Navidad de este 2004, he tenido la alegría de encontrarme con Conrado Díez Prieto, y comer con él en mi casa. Hemos estado reunidos durante unas horas y hemos dado una vuelta a nuestros recuerdos infantiles en la Apostólica de Murguía, que fue donde nos conocimos. Conrado era un muchachito de León, de Mogrovejo, que llegó al seminario de la mano de alguno de los alumnos de cursos superiores. Mi amistad con Conrado llegó al hermanamiento. Conrado y yo no teníamos secretos en nuestra comunicación y así nos mantuvimos hasta llegar a Hortaleza en el año 1957 en que ya mocetes empezamos a recorrer nuestro camino por separado. Me asombró en nuestra conversación que a 54 ó 55 años de distancia Conrado se acordara de un ejercicio de escritura que yo escribí sobre mi perro Cuqui, y que por esas casualidades conservo entre los pocos papeles que tengo de aquella época. Para martirio de mis lectores lo voy a incluir scaneado dentro de los documentos y fotos de la época. Pero, volvamos a nuestra narración. Como ya he dicho anteriormente los años pasados en Murguía fueron para mí años de tranquilidad y felicidad, apenas turbados por las sensaciones de hambre que la escasez y poca variedad de alimentos, así como su sobria elaboración hacía que intentáramos compensar estas deficiencias trasegando las mas grandes cantidades posibles, principalmente de legumbres, para tener siempre “rellena la andorga”. Una consecuencia directa de lo anterior fue el hecho que conocimos en la época como “La batalla de los cien cazos”. En resumen, se trataba de ver quien era capaz de comerse cien cazos de judías en menos comidas. Para ello, y dado que éramos ya veteranos, no había ninguna restricción en la cantidad de comida a servir a los participantes durante los días del concurso. Ganó Antonio Olano, procedente de la Misericordia de Bilbao, si mal no recuerdo se comió los cien enormes cazos en menos de diez comidas a un promedio de casi diez cazos por comida. Nunca entenderé como no reventamos. Por eso no era de extrañar, que, cuando yo tenía catorce años, y en una de esas revisiones periódicas que nos hacían en la época, en las que nos pasaban por las pantallas de Rayos X, (ahora dicen que nos podían haber dejado estériles), el radiólogo se asombró de que mi estomago asomaba de forma desproporcionada, y al preguntarle por esa anomalía, me dijo que eso era debido a haber comido muchas judías y muchos garbanzos; que tenía el estómago ensanchado, pero que no tenía mayor importancia. Lo cierto es que durante toda mi vida he seguido disfrutando al sentarme ante un plato de legumbre y que dentro de mis herramienta favoritas ha estado la cuchara.