Saltar al contenido
Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Casimiro Martínez

Crónica sepia familiar · Martínez Arriba

El escribir sobre mi padre me produce una gran ternura, al mismo tiempo que una enorme tristeza. Casimiro Martínez Gómez fue un hombre al que la fortuna le volvió la espalda, y no sólo la fortuna sino la mayor parte de las personas con las que se entrecruzó su vida. Estas afirmaciones las hago al analizar los hechos que he llegado a conocer, de terceras personas los más, aunque algunos personalmente.

Casimiro nació en Plasencia (Cáceres). Era hijo de Juan Martínez y de Maria Gómez. De sus padres no tengo, ni he podido conseguir, hasta ahora ninguna información. Sé que eran de Plasencia, de una familia de Plasencia de toda la vida. Algún día, si dispongo de tiempos y fuerzas, intentaré husmear en el entorno de Plasencia para ver si consigo respuestas a muchas preguntas sobre mis/nuestros antepasados.

Casimiro tuvo una sola hermana, María, a la que conocí cuando yo tenía tres años, en Burgos. María, que estuvo casada con José, un exlegionario, murió muy pronto después de mi estancia en Burgos a finales del 1942. Su enfermedad parece que fue la causa de que me devolvieran, ya que su intención era prohijarme, pues no tenían hijos. Sí, sí, ya lo explico. Al morir nuestra madre se presentaba el gran problema de colocar a cuatro niños, el mayor de 10 años y el más pequeño de ocho meses. Yo era el tercero y tenía tres años. El pequeño, Gregorio, se lo llevó mi abuela Matilde, la madre de mi madre. A mí me buscaron acomodo con la tía María, de Burgos, que no tenía hijos y no podía tenerlos. Y a Burgos que me llevaron. De mi estancia en la ciudad del Cid, no recuerdo más que algunos pequeños chispazos. Me veo en la Catedral con mi tía, y cuando salió el Papamoscas para dar la hora lo señalé con asombro; mi tía me dio un papirotazo en la mano al tiempo que me decía susurrando: "¡Niño, en la Iglesia no se señala!". Creo recordar que las ventanas de la casa de mi tía daban a una calle cercana a la Catedral, y que desde alguna de ellas se veía las torres delanteras. A pesar de que era muy pequeño, hay un hecho que se me ha quedado grabado para toda mi vida. Estaba durmiendo en la misma habitación que mis tíos, y en mitad de la noche, me desperté o sentí como que estaba despierto. En mi rededor todo era oscuridad, y sentí que algo se movía por encima de mí en la cama. Intenté gritar, pero no pude; intenté levantarme, pero me resultaba de todo punto imposible moverme. Así estuve durante un rato que me parecieron horas, hasta que con un esfuerzo ímprobo, logré despertarme y moverme, encima de mí en la cama no había nada ni nadie. Al parecer todo había sido una pesadilla, pero el sentimiento de pánico que me produjo se me ha impreso en el subconsciente y se ha reproducido en algunas noches más de mi vida. Debido a la enfermedad que diagnosticaron a mi tía, decidieron devolverme, como he dicho antes, y mi viaje de devolución es uno de los episodios de mi vida que no se me olvidará nunca. Volví a Madrid en el tren correo, sólo, bueno no sólo, en compañía de la pareja de la Guardia Civil a la que fui encomendado. Allí viajé yo como un rey entre dos guardias civiles, durmiendo, comiendo y supongo que solicitando ayuda para otros servicios, ya que este viaje en aquella época era de doce o catorce horas. Aún no estoy yo muy convencido de que yo sea yo, ya que al llegar a la estación del Norte, había ido a esperarme mi tía Constancia, y al ver bajar a un niño del tren llamó: "¡Emiliano!", yo volví la cabeza y aquí estoy. Este viaje me recuerda que, en los primeros años de mi vida, digamos hasta los quince años, tuve que realizar dos veces al año (una en Septiembre para empezar el curso y otra en Junio para venir de vacaciones), los viajes interminables en correos y mixtos, que paraban en todas las estaciones y apeadores del recorrido, y, en consecuencia empleaban diecinueve horas en recorrer los cuatrocientos cincuenta Kilómetros entre Madrid y Vitoria. Estos viajes, para acudir al Seminario menor de los Padres Paúles, en Murguía (Álava), eran pagados por la Asociación Matritense de Caridad, gracias a las gestiones de las Hermanas de la Caridad de Santamarca, mi colegio en Madrid. El coste por viaje era de cuarenta y siete pesetas, pero porque el billete era de los llamados "de caridad". Hacíamos el viaje tres o cuatro muchachos, de diez a doce años, y se convertía en una gran aventura. A pesar de nuestra corta edad, no teníamos problemas para hacer el trasbordo en Miranda de Ebro, cargando con las maletas que abultaban más que nosotros, En estos viajes fumé mis primeros cigarrillos, solamente por snobismo, ya que no volví a fumar hasta los veinte años. Eran aquellos cigarrillos rubios de la época, de las marcas Timonel y Bubi. Ya volveré más tarde sobre estos viajes y sus anécdotas.

Casimiro Martínez Gómez 1935
Casimiro Martínez Gómez 1935

Pero volviendo a mi padre de sus cuarenta y seis años de vida es muy poco lo que he llegado a conocer. Era un hombre de poco carácter, y esta cualidad quedaba agudizada al estar emparejado con una persona muy emprendedora y, como se dice vulgarmente, "echada pa`lante".

Durante los primeros años del matrimonio, y mientras Irene estuvo en condiciones de "tirar del carro", las cosas funcionaron a la perfección, a pesar de haber pasado una guerra civil y su consiguiente posguerra. La familia tenía un buen pasar. Tenían su casa, una churrería en funcionamiento, los niños asistían al colegio y el mayor, Alfredo, empezaba a estudiar bachillerato como los "niños bien", tenían algún tipo de participación en una huerta en la ribera derecha del Guadiana, parecía que el "en España empieza a amanecer" era cierto para la familia Martínez Arriba. Y de pronto, la hecatombe. Enfermedad de la madre, la economía familiar se derrumba, muere la madre y la ruina es completa. Casimiro se apoca, y, al parecer, las personas de su entorno, que se acercan para ayudarle, le apocan más, hasta el punto de que decide huir hacia delante. Lo mucho o poco que la familia tenía en Mérida se lo ha "llevado la trampa". Los hijos son aventados a diferentes puntos, y mi padre se viene a Madrid conmigo, el tercero de la dinastía, de tres años de edad.

Recuerdo que, al llegar a Madrid, según bajamos del tren, y en la misma glorieta de Atocha o cercanías mi padre me llevó a una casa de comidas, de las de mesa y banco de madera corridos, y me comí unas alubias blancas con chorizo, que me supieron a gloria.

Recuerdo que recalamos en una buhardilla, en una corrala, en la calle Santa Isabel. Allí, en una habitación abuhardillada, que no tendría más de 25 m2, vivíamos hacinadas tres familias; un matrimonio de mediana edad con una niña pequeña, una señora mayor, ciega, con su hija y mi padre y yo. Nosotros dormíamos en la misma cama, casi pegados a la puerta de la habitación. El retrete estaba en la escalera y servía para todas las viviendas del corredor.

Mi padre salía a trabajar muy temprano, creo que ya se había empleado como albañil en la empresa Torras, y me dejaba al lado de la cama, dentro de una cesta de mimbre, un plato de comida para el día. Casi tan pronto como él salía, yo me levantaba, abría la cesta y me comía lo que me había dejado. Luego me vestía con mi pantalón de un tirante cruzado y me iba a la calle a corretear todo el día por los solares y descampados con otro grupo de pajarillos tan solos y libres como yo. De vez en cuando, aparecían por aquellas calles una o dos señoras que me llamaban por mi nombre, me besaban y me daban algún trozo de pan con uvas o chocolate. Luego me he enterado que eran Vences y Manuela, unas primas de mi madre que estaban en Madrid. Un día vinieron y me llevaron para ingresarme en un colegio de huérfanos, pero esto será parte de mi historia en entregas posteriores.

Hasta donde yo sé, a mi padre nadie le dijo que me iban a llevar, ni le ofrecieron alternativas. Como un año después, y estando yo interno en el Asilo para huérfanos Santamarca, fue mi padre un domingo a visitarme, estando él conmigo llegó mi tío Félix y, de- lante de mí se enzarzó en una discusión, más bien disputa, con mi padre, prohibiéndole aparecer por allí para verme. Ya en la calle, después de la visita casi llegaron a las manos. Esta fue la última vez que vi. a mi padre o que tuve noticias de él, hasta el año 1951, tres años después de su muerte en que, en una conversación con mi prima Matilde, de forma casual me dijo algo así como "cuando murió tu padre".

Referente a las causas de su mala fortuna, he tenido diferentes informaciones, pero unas se contradicen con otras. En alguna ocasión he oído que ya en sus tiempos de felicidad era un jugador, sin embargo, mi tía Bienve me dijo que eso no era cierto, que su única costumbre era ir al bar después de comer y jugarse el café con los amigos al dominó, en ningún caso era aficionado a otra clase de juegos de azar. También he oído decir que era mujeriego. Yo lo dudo mucho, ya que si así fuera no hubiera vivido solo hasta el momento de su muerte, y más teniendo en cuenta que estaba libre de la carga y responsabilidad de los hijos.

Casimiro murió en el Hospital General de Madrid el 5 de Mayo de 1948. Casualmente el mismo día que su esposa, Irene Arriba Cayuela, hubiera cumplido cuarenta y tres años.